Santo Domingo. – El eco de calderos y ollas volvió a marcar la noche de este jueves en el Gran Santo Domingo. Con esta jornada, ya son cuatro las noches seguidas en que ciudadanos usan esta forma de expresión pacífica para hacer sentir su malestar frente a la situación que enfrenta el país.
Vecinos de La Esperilla, la Zona Universitaria, Don Bosco, Naco, Bella Vista y otras zonas del Distrito Nacional se sumaron a la iniciativa. El sonido salió desde balcones, entradas de casas y aceras, en una acción que ha ido ampliando su alcance conforme pasan los días.
Redes sociales, el megáfono de la protesta
La convocatoria se ha movido casi por completo a través de las plataformas digitales. Los videos que muestran el ruido de los utensilios en diferentes zonas ruedan por Instagram, X y grupos de WhatsApp, replicando la protesta más allá de los propios sectores.
Detrás de esta forma de manifestación pesan varios temas: el encarecimiento de la vida diaria, los apagones, las nuevas medidas tributarias, situaciones institucionales cuestionadas y episodios recientes que han golpeado la percepción pública.
De dónde viene esta modalidad
Golpear utensilios de cocina para transmitir rechazo o inconformidad es lo que define al cacerolazo. En el país, esta forma de protesta ha aparecido en momentos clave de tensión política o social. Suele ser el recurso preferido cuando los ciudadanos quieren manifestarse sin salir a la calle, o al menos hacerlo desde sus casas y barrios.
Durante esta jornada, sin embargo, la sonoridad no se concentró en un solo lugar: distintas zonas residenciales de Santo Domingo se sumaron al mismo tiempo.
La Plaza de la Bandera sigue siendo el epicentro
Mientras los cacerolazos avanzan por los barrios, otro grupo de ciudadanos permanece concentrado en la Plaza de la Bandera. Allí se sostiene una protesta presencial ligada a los mismos temas que han encendido las movilizaciones de los últimos días.
Ese punto históricamente ha servido como escenario para expresar demandas colectivas. Su continuidad en esta ocasión evidencia que el descontento no se queda en los hogares: también se planta en espacios públicos con carga simbólica.
